Viernes, 2:20 AM arriba de un auto de reparto, urge dormir y sacarse el maquillaje.
Sí, así de glamoroso.
Venía de vuelta después de transmitir un capítulo de El Juicio de los Ex, conversando con un co-panelista que había conocido esa misma noche y con quien, en cuestión de horas, nos dimos cuenta de algo peligrosísimo:
Compartíamos la misma neurona.
De esas conversaciones que parten en una tontera, después saltan a política, después a religión, después a filosofía, después a cualquier huevá que uno normalmente no hablaría con alguien que conoció hace cuatro horas.
Reitero, peligrosísimo.
Y el misterioso desconocido, cerca de llegar a mi casa, tras horas de intensa conversación antes y después del aire con intercambio documental, cultural y de vivencias personales me dice:
«Hay una cantante australiana que quiero que escuches«.
Tomó mi celular – acto que me irrita – y abrió Spotify para poner una canción de dicha artista.
No solamente me pide escucharla.
Me da una tarea.
Escucharla, pensarla y sacar mis propias conclusiones.
Karmageddon de Iyah May.
Y acá empezó mi problema.
Porque me puse a escucharla.
Y después a pensarla.
Y después a pensarla demasiado.
Y en algún momento dejé de estar escuchando una canción y terminé metido en una madriguera mental que parte en la política contemporánea, se devuelve miles de años, pasa por Abraham, por Jesús, por el islam, por el Apocalipsis, por falsos mesías, por líderes políticos, por profecías, farándula criolla y termina, inevitablemente, volviendo a nosotros.
Porque Karmageddon tiene una idea que me quedó dando vueltas.
Una extremadamente simple.
Elige una tribu y odia al otro lado.
Y mientras más lo pensaba, más me parecía que esa frase no estaba describiendo solamente Twitter, las guerras culturales, las elecciones o este hábito tan siglo XXI de convertir cualquier discusión en una pelea entre dos equipos.
Estaba describiendo algo muchísimo más antiguo.
Entonces partamos por el nombre.
Un Frankenstein precioso entre dos conceptos.
Por un lado, karma.
Acción y consecuencia.
Lo que haces no desaparece en el vacío.
Deja algo.
Genera otra cosa.
Se acumula.
Vuelve.
Vuelve al origen.
La intención real.
Y después tenemos Armagedón.
El enfrentamiento definitivo.
Ese punto de la historia en que los grises empiezan a desaparecer y el relato te obliga a responder una pregunta muy sencilla:
¿de qué lado estás?
Y ahí se me ocurrió la tesis que terminó provocando todo este texto.
¿Y si el Armagedón no empieza cuando llega el fin del mundo?
¿Y si empieza muchísimo antes?
Porque antes de la Bestia, antes del Falso Profeta, antes del Mahdi, antes del Dajjal, antes incluso de que existieran el cristianismo o el islam como los conocemos hoy, todo esto se remonta a una familia.
A un hombre.
A dos mujeres.
A dos hijos.
Y, eventualmente, a tres de las religiones más influyentes de la historia humana.
Capítulo uno: El cahuín familiar más influyente de la historia
Disponible desde el 8 de noviembre
* Agradecimientos especiales en este capítulo a Jhonatan Mujica, quién me enseñó la canción y aportó en revisiones creativas posteriores al manuscrito

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